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¿Nunca logras agradar a los que te rodean?

Pienso que una de las peores cosas que nos puede ocurrir es vivir nuestra vida tratando de agradar a los demás. Tratando de ajustarte a la vara de medir de otro. Peor aún es cuando te esfuerzas de todo corazón, con amor sincero para agradar a alguien que verdaderamente te importa, y quieres bendecir, pero aún así no logras “dar el ancho”, y sea como sea has fallado.

Esa sensación la he vivido no pocas veces, y tiene graves consecuencias.

Por un lado tienes el riesgo de no ser tú mismo. De aparentar lo que no eres, con tal de ser aprobado por otros. Eso en lo más profundo de tu ser te hace vivir con una careta y quizás hasta con hipocresía.

Por el otro lado, corres el peligro aún mayor de estimar a las personas por sobre la estima que tienes de Dios, quien es, en última y mayor instancia, a quien si debes agradar. Tu valor está dado por lo que Dios piensa de ti y no por lo que los demás piensan de ti.

Hay muchas áreas de aplicación de este principio. Muchas motivaciones por las cuales puedes querer agradar a otros:

  • Querer pertenecer a un grupo reducido/selecto
  • Tener una baja autoestima y necesitar aprobación
  • Querer mostrar tu santidad o superioridad por sobre otros
  • Evitar el juicio sobre ti
  • Evitar conflictos

Y pudiera seguir con muchos más puntos. El mayor problema es que en última y mayor instancia, como dije, debemos agradar a Dios y no a los hombres.

Dentro del agradar a Dios está, por supuesto, el servir y honrar a otros, amar al prójimo, poner la otra mejilla, etc. Y quizás como consecuencia, terminemos igual agradando a otros. Pero, si tu esfuerzo está centrado en obedecer y agradar a Dios, y aun así no logras agradar a los demás, entonces debes descansar en la paz que nos da Dios.

El Juicio de Dios es justo, el de las personas no necesariamente. La gracia de Dios nos perdona y nos restaura cuando nos equivocamos. No nos condena, porque Cristo ya pagó por nuestro pecado. Y es Jesús mismo, quien pagó por nuestros pecados, el que nos nos va haciendo cada vez mejores, hasta acabar la buena obra que empezó en nosotros. Nos ayuda día a día por medio del Espíritu Santo para que podamos dejar atrás nuestro pecado y ser más como Cristo.

Tristemente el juicio viene en especial de los cristianos, con su propio pecado de “fariseismo”. Se ven a si mismos tan justos o buenos, que los demás no logran alcanzar ese mismo lugar. El problema siempre es de los demás y nunca propio. Ya ya nos lo dijo Jesús:

»¿Y por qué te preocupas por la astilla en el ojo de tu amigo cuando tú tienes un tronco en el tuyo? ¿Cómo puedes decir: “Amigo, déjame ayudarte a sacar la astilla de tu ojo”, cuando tú no puedes ver más allá del tronco que está en tu propio ojo? ¡Hipócrita! Primero quita el tronco de tu ojo; después verás lo suficientemente bien para ocuparte de la astilla en el ojo de tu amigo.

Lucas 6:41-42 (NTV)

No te sientas juzgado, condenado o fracasado, por lo que diga el resto sobre ti. Que no te preocupe no lograr dar el ancho de quien te exige algo, sino esfuérzate por entregarte por completo a Dios… y Él se encarga de hacer justicia (Acá o en la eternidad).

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