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Cada persona tiene un contexto: Nacemos y crecemos con una educación particular, una cultura y tradiciones particulares que nos hacen únicos, al mismo tiempo que nos hacen pertenecer a grupos de personas que tienen un contexto similar.

Hay veces en que uno puede cambiar ese contexto. Se puede viajar a otro país a “probar suerte”, se puede estudiar para tener una mejor educación o mejor profesión a futuro. Podemos dejarnos estar y tener malas acciones, lo cual nos hace “empeorar como personas”, o podemos “ser buenos” y parecer mejores personas.

Aún así, con nuestro contexto inicial, o con un contexto nuevo, nada cambiará lo que somos interiormente. Podemos disfrazarnos, podemos fingir o actuar, pero nunca dejaremos de ser quiénes realmente somos.

La Biblia menciona que todos hemos sido creados por Dios, pero que no todos somos hijos. Los hijos de Dios son quienes han creído en Jesús, que él era el mesías o salvador que estaba prometido en las profecías antiguas:

“pero a todos los que creyeron en él y lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios. Ellos nacen de nuevo, no mediante un nacimiento físico como resultado de la pasión o de la iniciativa humana, sino por medio de un nacimiento que proviene de Dios.”
‭‭Juan‬ ‭1:12-13‬ ‭NTV‬‬

Y aquí es donde me quiero detener. Es importante notar que no se trata de un cambio de contexto como el que hablé anteriormente, sino de un nuevo nacimiento (Espiritual). Es un “borron y cuenta nueva”, realmente una persona completamente nueva, una nueva identidad.

La identidad tiene que ver con quienes somos en realidad y no con lo que hacemos.

Inicialmente Dios le habló al pueblo de Israel, como nación, dándole ciertas promesas y profecías, pero siempre se estuvo refiriendo al mesías, Jesús. Las promesas y profecías decían que por medio de Jesús se podría restaurar la relación con Él.

El apóstol Pablo es muy claro y enfático, en la carta a los gálatas, en explicar que no tiene que ver con pertenecer a la nación de Israel, sino que la clave es creer con fe en la promesa, creer en Jesús. En esa promesa pueden estar incluidas las personas de cualquier nación.

Pues todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Ya no hay judío ni gentil, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús. Y ahora que pertenecen a Cristo, son verdaderos hijos de Abraham. Son sus herederos, y la promesa de Dios a Abraham les pertenece a ustedes.”
‭‭Gálatas‬ ‭3:26, 28-29‬ ‭NTV‬‬

Por lo tanto, lo que nos identifica como hijos de Dios, y herederos de la promesa, no es nuestro contexto, nuestra cultura, nuestras acciones, ni nada externo. Lo que nos identifica como hijos de Dios es nuestra fe en Jesús.

Ahora bien, el ser hijos de Dios no es meramente un nombre u otra clasificación. Ser hijos de Dios significa que realmente somos una nueva persona, completamente distinta, nacida de nuevo. Ahora comenzamos a vivir distinto porque somos distintos.

Y no solo eso, sino que tampoco es que nosotros nos esforzamos humanamente para “ahora ser buenos”, sino que es Dios mismo trabajando en nosotros. El Espíritu Santo, que es mismísimo Espíritu de Dios en cada creyente, es el que produce un fruto de buenas actitudes y acciones:

“En cambio, la clase de fruto que el Espíritu Santo produce en nuestra vida es: amor, alegría, paz, paciencia, gentileza, bondad, fidelidad, humildad y control propio. ¡No existen leyes contra esas cosas!”
‭‭Gálatas‬ ‭5:22-23‬ ‭NTV‬‬

Eso lo hace por medio de transformar nuestros pensamientos, nuestra mente, nuestra cosmovisión. Dios nos cambia desde adentro:

“No imiten las conductas ni las costumbres de este mundo, más bien dejen que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar. Entonces aprenderán a conocer la voluntad de Dios para ustedes, la cual es buena, agradable y perfecta.”
‭‭Romanos‬ ‭12:2‬ ‭NTV‬‬

Es Dios el que nos cambia y nos da una nueva identidad. Nosotros debemos disponernos a que Él actúe, dejar que seamos guiados por Él, pero el cambio no es nuestro. Debemos orar y pedirle ayuda. Debemos descansar en su sabiduría, bondad y control sobre nuestra vida.

Amigo, amiga, si aún no has experimentado el gran gozo de ser un hijo de Dios, te invito a “conectarte” con Dios directamente. Háblale en oración y dile que quieres tener esa nueva identidad, que quieres dejar de ser la persona que eres, llena de pecado, de miedos, de ansiedades, y que quieres que Él tome el control de tu vida. Que te haga nacer de nuevo y que te de una nueva identidad.

Te aseguro que si tienes fe en Jesús Dios nunca te rechazará, porque esa es su promesa. Que todo el que va a Jesús es recibido, y le da vida nueva (Juan 6).

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