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¿De verdad AMAS al prójimo?

A veces, cuando empezamos a profundizar en la teología, y nos damos cuenta de que a Dios no le gusta el pecado, sino que busca nuestra santidad, corremos un importante peligro: Nos volvemos “un poco” fariseos y legalistas.

No tomamos esa santidad para nosotros mismos, sino para juzgar los actos de los demás y, como consecuencia, condenar a todos.

Es cierto que los mandamientos son importantes, todos. Es cierto que Dios es un juez justo, y que quiere nuestra santidad, pero hay algo que Dios dijo que es muy explícito y claro: Debemos amar a otros.

En cuanto los fariseos oyeron que había silenciado a los saduceos con esa respuesta, se juntaron para interrogarlo nuevamente. Uno de ellos, experto en la ley religiosa, intentó tenderle una trampa con la siguiente pregunta:
—Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante en la ley de Moisés? Jesús contestó:
—“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. Este es el primer mandamiento y el más importante. Hay un segundo mandamiento que es igualmente importante: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Toda la ley y las exigencias de los profetas se basan en estos dos mandamientos.

Mateo 22:34-40

De ese pasaje, logramos comprender que Jesús nos dijo 2 cosas:

1) Amar a Dios con todo nuestro ser es el primer y mayor mandamiento
2) Amar al prójimo es “igualmente importante”

¿Realmente estamos amando a nuestro prójimo, o solo lo juzgamos? ¿Realmente amamos a los perdidos? ¿Realmente amamos a los necesitados? ¿Realmente amamos a nuestros hermanos que luchan con su pecado? ¿Realmente amamos?

Jesús dio un punto muy importante: “Toda la ley y las exigencias de los profetas se basan en estos dos mandamientos.”

Es así de sencillo, es así de simple el ser cristiano. Miren cómo lo dice el apóstol Juan:

Dios es amor, y todos los que viven en amor viven en Dios y Dios vive en ellos.

1 Juan 4:16

Debemos vivir en amor. No juzguemos a todos a nuestro alrededor, Dios los juzgará… al contrario, amémoslos, tengamos compasión, oremos por su bien.

El amor de Dios en nosotros y la misericordia de Dios hacia nosotros debe hacernos amar a Dios con todo nuestro ser, y extender amor hacia nuestro prójimo, quienes también fueron creados a su imagen y semejanza.

¿Te cuesta amar? Sin duda, a mí también, pero tenemos al Espíritu Santo ayudándonos a hacerlo cada día. Oremos, humillémonos, estimemos a todos los demás como superiores a nosotros, y amémoslos.

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